domingo, 11 de octubre de 2009

Casiolas

Por la tarde he seguido caminando (Susan no llegará hasta la noche), esta vez por la playa de levante. Por primera vez me he atrevido a aproximarme al agua. Me he detenido justo al borde del agua, apenas a unos centímetros de la línea invisible que las diminutas olas no parecen decidirse a rebasar. Me disgusta la arena de la playa. Eso hace que nunca me descalce en mis paseos junto al mar. De hecho, camino con mis viejas zapatillas de funambulista, dando pequeños pasos, intentando siempre que los diminutos granos de arena no acaben penetrando por la inapreciable hendidura que separa mi piel de la del calzado. Las olas lamían la puntera de mis zapatillas. He pensado en retirarme, en dar un paso atrás, pero finalmente he permanecido inmóvil, recreándome en aquella pequeña heroicidad. Las olas son tan diminutas que dudo en calificarlas de tales. Mejor sería denominarlas casiolas. Ódradeks evanescentes. No deja de sorprenderme la mansedumbre de este mar. Es un mar sin duda al alcance de la mano de un niño, el mar que uno llevaría a su casa si dispusiese de una casa lo suficientemente grande. Me fascina su casi no movimiento, su predisposición a la quietud. Su ritmo acaba creando una trama frágil, trenzada por las casiolas (esos minúsculos acontecimientos). La casiola se acerca a nosotros. Pareciera querer decirnos algo, pero al instante siguiente se retira, dejando un rastro insignificante de espuma sobre la arena. Las casiolas son la auténtica frontera de Cabo de Palos, una frontera evanescente que yo no me atrevo a rebasar.

3 comentarios:

Joaquin dijo...

El domingo 11 me asomé a la playa siguiente, la de las Amoladeras, mar casi en calma. Pero en el agua flotaban innumerables cañas, que también llenaban la arena. Una cosecha arrastrada por las ramblas en las últimas lluvias. Los niños jugaban ahora a hacer cabañas con esas mismas cañas que para mí eran una huella, gozosa, de violencia y devastación.

hautor dijo...

Hermosa escena, Joaquín. Me alegro de que ya forme parte de este proyecto. Un abrazo.

Joaquin dijo...

Sí, me temo ser otro desertor. Después de la escena de la playa, me fuí a la pescadería de Cabo de Palos. Compré dos doradas del Mar Menor. Busqué el ódradek de sus escamas para no sentirme culpable

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